Una de las consecuencias evidentes de la pandemia, que aún no terminamos de padecer, ha sido la radicalidad con que nuestra vida laboral, académica e íntima ha sido digitalizada. Las pantallas de las computadoras, tablets y teléfonos celulares se han convertido en fuente, espejo y abismo de nuestras necesidades elementales y superfluas, miedos y deseos.  Los espacios virtuales por donde  han circulado nuestras conversaciones cotidianas, nuestro trabajo y ocio; las noticias que consumimos, los gatitos a los que damos like descansan en infraestructuras y dispositivos que tenazmente intentan desaparecer,  dejando que los signos fluyan por su suave superficie como si fueran espectros, entidades etéreas que, tras su atractiva e intangible apariencia, esconden la materialidad pesada y brutal que las soporta, encubriendo las condiciones de explotación, extractivismo y especulación que han hecho de la cultura digital un gran negocio. 

Las piezas convocadas a esta muestra intentan juguetear con la pretensión ilusionista de las interfaces digitales. Los códigos binarios, pixeles y bits que construyen la trama de las imágenes que producimos y consumimos a diario desde nuestras pantallas se desplazan aquí a  una dimensión física y táctil. Su virtualidad y parpadeante fulgor desciende y se aquieta sobre una tela y bastidor, descansando en retazos de género, papeles lustre; camuflándose en hebras de lana de alpaca, en un tejido de mostacillas, una piel tatuada o, imaginando su devenir fósil, sobre  escombros de cemento y hormigón. Especulando sobre cómo podría la arqueología del futuro acercarse a nuestra historia reciente documentada digitalmente en nuestras redes sociales, Sofía Suazo proyecta imágenes de Instagram reunidas bajo distintos hashtag alusivos al estallido social de 2019 sobre escombros de la zona cero o plaza Dignidad, imaginando cómo las miles de imágenes que producimos segundo a segundo podrían convertirse en fósiles que conformarán un nuevo sustrato geológico.

aruma vincula dos tecnologías: la tecnología del QR (Quick Response Code) con la tapicería de Tiwanaku, ambas tecnologías usadas como almacenamiento de información. En la sala nos presentará una serie de tejidos en telar que representan códigos QR realizados con mostacilla, equivalentes a 24 bits. Además, podremos inspeccionar un tejido en lana de alpaca inconcluso, que nos permitirá observar sus patrones de construcción, los cuales pueden ser decodificados en ceros y unos.

Felipe Rivas San Martín juega a desactivar las expectativas que los medios digitales imponen. Reproduce con los viejos medios -pintura, collage, dibujo, patchwork y tatuaje- capturas de pantalla de la página principal de Google, una reunión de Zoom, la descarga fallida de imágenes en Facebook, o un código QR que tatúa en su espalda, devolviendo a la imagen su dimensión artesanal, contemplativa y corporal.

Del 14 de junio al 24 de septiembre
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